
En su búsqueda de respuestas que le ayuden a entender mejor su misión, Jesús (interpretado por Ewan McGregor) se adentra en el desierto. Un espacio vacío y hostil donde, más allá de las pruebas físicas, se enfrenta a un reto espiritual profundo. En el desierto, se encuentra cara a cara con el Diablo, quien toma la forma de Jesús mismo, como una réplica exacta del profeta. Esta confrontación no es solo una tentación externa, sino una prueba interna de fe, en la que Jesús debe confrontar sus miedos y aceptar el futuro que le aguarda.
Durante su travesía, Jesús se cruza con una familia formada por un padre, una madre y su hijo, que luchan por construir una casa en medio de la nada. La vida de estos seres humanos de carne y hueso está marcada por un conflicto generacional: el padre desea quedarse en el desierto y seguir adelante con su proyecto, mientras que el hijo anhela irse a la ciudad, buscando algo distinto a la vida que su padre le propone. Este dilema entre permanecer y abandonar, entre el deber y el deseo de cambio, refleja las tensiones internas que también enfrenta Jesús.
Aunque sabe que su destino está en Jerusalén, Jesús no puede ignorar el sufrimiento y las dificultades de esta familia. A pesar de su misión divina, siente la necesidad de intervenir, de ofrecerles ayuda en su lucha diaria. En este encuentro, Jesús no solo se enfrenta a sus tentaciones personales, sino que también aprende a equilibrar su papel como salvador con la empatía hacia los seres humanos que luchan en su cotidianidad.