
J. Robert Oppenheimer es una figura clave en la historia moderna, recordado como el arquitecto de la bomba atómica. Su vida es un testimonio del choque entre el avance científico y la responsabilidad moral, una travesía que lo llevó de la ambición a la culpa. Más que un relato de triunfo intelectual, su historia es la de un hombre marcado por las consecuencias de su propia creación.
Desde joven, Oppenheimer destacó por su brillantez en la física, lo que lo llevó a convertirse en una de las mentes más influyentes de su tiempo. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, fue elegido para dirigir el Proyecto Manhattan, la misión secreta que buscaba desarrollar un arma nuclear antes que los nazis.
El 16 de julio de 1945, la prueba Trinity en el desierto de Nuevo México marcó un hito en la historia: la primera detonación de un arma atómica. Para Oppenheimer y su equipo, era el resultado de años de arduo trabajo científico. Sin embargo, en medio de la euforia, comprendió el impacto devastador de su logro. Sus propias palabras, tomadas del Bhagavad Gita, reflejaron su angustia: «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos».
La euforia se convirtió en remordimiento tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Oppenheimer, quien había dedicado su vida al conocimiento, vio cómo su mayor hazaña se transformaba en un símbolo de destrucción masiva. Con el tiempo, se convirtió en un firme opositor de la proliferación nuclear, lo que lo llevó a un enfrentamiento con el gobierno estadounidense. En 1954, perdió su credencial de seguridad y fue marginado políticamente.
El peso de su legado lo acompañó hasta el final de sus días, debatiéndose entre el orgullo de sus avances científicos y el arrepentimiento por sus consecuencias. Su historia es un recordatorio del poder del conocimiento y de los dilemas éticos que acompañan a la ciencia, donde la línea entre el progreso y la destrucción es, a menudo, demasiado delgada.