
En la Massachusetts de los años 80, el boxeo era mucho más que un deporte: representaba una oportunidad de gloria o una sentencia de fracaso. En este mundo de golpes y sacrificios, los hermanos Dicky Eklund y Micky Ward vivieron una historia marcada por la lucha, la caída y la redención.
Dicky Eklund fue una vez el orgullo de su ciudad. Su mayor logro en el ring, derribar al legendario Sugar Ray Leonard, lo convirtió en un ídolo local y en una promesa del boxeo. Pero la fama fue efímera. Atrapado por las drogas y la delincuencia, su carrera se desplomó y con ella su vida, dejando atrás solo el eco de lo que pudo haber sido.
Mientras Dicky se hundía en sus propios demonios, su hermano menor, Micky Ward, intentaba forjar su propio camino en el boxeo. Con un poderoso gancho de izquierda, tenía el talento para triunfar, pero su carrera parecía destinada al fracaso. Bajo la gestión de su madre, acumulaba más derrotas que victorias, atrapado en un ciclo de malas decisiones que lo mantenían estancado.
Todo cambió tras una derrota devastadora. Cansado de los fracasos y de una carrera sin rumbo, Micky empezó a cuestionar su entorno. Fue entonces cuando su novia, Charlene, lo confrontó con una dura verdad: si quería alcanzar su verdadero potencial, debía alejarse de su familia. Aunque su madre y su hermano lo apoyaban, su influencia lo estaba frenando. Para triunfar, Micky debía tomar el control de su destino, incluso si eso significaba alejarse de aquellos que más amaba.